“La peofilia rodea a nuestros hijos todos los días”

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Por: Joaquín Silva

Sexólogo Cedrés: “La pedofilia rodea a nuestros hijos todos los días”
El presidente de la Sociedad Uruguaya de Sexología sostiene que es escaso el abordaje del trastorno desde el Estado y la salud privada.

El último caso que recuerda el sexólogo Santiago Cedrés lo recibió el año pasado. Un paciente de 45 años entró a su consultorio al borde de la desesperación: “Estoy por mandarme una macana”, le dijo. Estaba a punto de cometer un delito sexual. Le explicó que deseaba a las compañeras de clase de su hija. Niñas de siete años que merendaban casi todos los días en su casa. “Y entonces empezaba con sus fantasías: las miraba atentamente para luego recordar esa imagen y masturbarse”.

Cedrés, presidente de la Sociedad Uruguaya de Sexología, integrante del comité de acreditación de la Federación Latinoamericana de Sexología y Educación Sexual, y uno de los 18 miembros en todo el mundo que integran la Academia Internacional de Medicina Sexual, trata un promedio de entre cuatro y cinco nuevos casos por año como el descrito.

Y el problema es grave y mundial. Según la última edición del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales de la Sociedad Americana de Psiquiatría –conocido como DSM-5, por sus siglas en inglés–, del 3% al 5% de los hombres adultos en el mundo padecen de pedofilia. “Es muchísimo”, dice. Y en Uruguay, su tratamiento es escaso, su educación casi no existe y su investigación, nula. “Hay un debe real”, asegura.

-Cuando se habla de pedofilia, se habla de hombres y no de mujeres. ¿Por qué?

-Porque es mucho más frecuente en ellos. Es un trastorno que las mujeres prácticamente no sufren. Las investigaciones indican que el varón está mucho más condicionado psicológicamente por las experiencias sexuales de su pasado. Pero también que es mucho más sensible a estímulos visuales que le provoquen erecciones, como el caso de los fetiches. Pero, en verdad, todos los trastornos llamados parafílicos, como la zoofilia, la necrofilia, la gerontofilia, la pornofilia y, por supuesto, la pedofilia, son ampliamente más comunes en la población masculina que en la femenina.

-Socialmente se trata a los pedófilos como perversos, trastornados…

-Sí, pero conviene hacer algunas puntualizaciones. Según la Sociedad Americana de Psiquiatría, un interés parafílico, como el de la pedofilia, no basta en sí mismo para configurar un trastorno mental, y eso es importante aclararlo. Los zoofílicos o pedófilos no son necesariamente trastornados de mente. ¿Cuándo lo son? Cuando se dañan a ellos mismos, o cuando agreden a otras personas que son incapaces de dar su consentimiento. Y también, por supuesto, cuando se incurre en un delito sexual. Pero además, dicen los psiquiatras americanos, para que pueda hablarse de trastorno parafílico estos intereses deben traducirse en una actividad sexual que sea permanente durante más de seis meses. Menos de ese tiempo, estaríamos hablando meramente de síntomas.

-¿Qué debe hacer la persona que se descubre con impulsos pedófilos?

-Primero que nada, asumirlo y, en lo posible, antes de que cometa un acto. No hay que consultar cuando uno ya se mandó la macana, sino cuando llama la atención lo que genera la excitación. Apenas se nota algo extraño, hay que consultarlo con un sexólogo, o con un especialista de la salud mental, como psicólogos o psiquiatras. Ellos resolverán si el individuo presenta un comportamiento parafílico de riesgo.

-¿Con qué frecuencia ven los sexólogos de Uruguay este trastorno?

-Se ve como motivo de consulta, y no pocas veces.

-¿De cuántas estamos hablando?

-Lamentablemente tengo que decirle que recibo entre cuatro y cinco casos por año. Y de estos, generalmente uno abandona el tratamiento.
“ El abordaje del Estado es escaso: no se trabaja en la educación sexual. ”

-¿Pero no hay miedo a la hora de consultar?

De algún modo, el imaginario social censura la expresión de este problema, aunque sea en su dimensión de impulso. Muchos pensarán que, con el solo hecho de plantearlo, serán tildados de perversos e irán presos.

-Es cierto. Pero deben consultar igual.

-ASSE no ofrece servicio de sexología.

-No. Eso lo brindan solo los seguros y las clínicas de sexología privadas.

-¿Y qué abordaje hace el Estado de esta problemática?

-Es escaso. Puedo decir que no se trabaja en la educación sexual, por ejemplo. Se condena al pedófilo en forma tardía, porque se lo diagnostica cuando ya ocurrió el delito, cuando ya es un criminal. Entonces, la pedofilia sale a la luz solamente en las noticias. Por eso hay que trabajar y concientizar sobre la consulta precoz, a como dé lugar.

-¿Y se investiga?

-Absolutamente nada, y eso que hice un repaso para esta entrevista. Busqué en el Ministerio de Salud Pública, en la Facultad de Psicología, de Medicina, y nada. No hay investigaciones nacionales respecto a la pedofilia, su prevalencia, severidad y causas. Y lo que hay en el exterior, hay que decirlo, también es poco.

-De todos modos, la sexualidad es una materia que el gobierno parece no descuidar. De hecho, en mayo, celebró los doce años del Programa de Educación Sexual, que se implementa en las escuelas y liceos.

-Sí, pero el problema es que, justamente, se piensa que esta educación se agota en explicar cómo no quedar embarazada, cómo usar los anticonceptivos o cómo evitar el contagio del sida. ¡Pero es mucho más! Es aprender y promover la sexualidad sana, y eso implica conocer qué actos sexuales pueden consentirse y cuáles no. Y en eso se está en el debe.

Y hay otra falla que ocurre tanto en el sector público como en el privado: todo profesional que tome contacto con niños o que elija trabajos que lindan con el vínculo con menores debe necesariamente ser evaluado acerca de los intereses genuinos que tienen en la profesión. Tiene que haber, cuando menos, un test psicodiagnóstico como hay en España, por ejemplo, que detecte inclinaciones pedófilas.

Tratamiento

De acuerdo al conocimiento científico contemporáneo, para el pedófilo hay un tratamiento especial que consta de tres líneas de trabajo. A la psicoterapia de tipo cognitivo-conductual, se le agrega el consumo de psicofármacos que inhiben la compulsión del deseo sexual –al actuar sobre la recaptación de la serotonina, tal como lo hacen los antidepresivos–, y el de “agentes de supresión hormonal”, como los fármacos antiandrógenos, que bajan el nivel de testosterona, la hormona del deseo sexual.

“De modo que el paciente queda con menos deseo e impulsividad –explica Cedrés–, al tiempo que recibe la imprescindible complementación de las técnicas terapéuticas: se busca desestabilizar esos patrones parafílicos que están arraigados y estereotipados en su mente, y se lo induce a comportamientos sexuales socialmente aceptados, mediante un trabajo que le mejora su intimidad y competencias sociales”.
“ Desde el punto de vista de la salud sexual el pedófilo nunca va a ser sano. ”
De todas estas tareas se encarga un sexólogo. Pero se trata de un trabajo que dura años y que, además, siempre tiene “muy mal pronóstico”. Es difícil que el paciente logre la satisfacción sexual con el objeto adecuado, dice.

“El objetivo de la terapia es bajar la impulsividad y tratar de que no cometan delitos. Hasta ahí llegamos, porque desde el punto de vista de la salud sexual nunca van a ser sanos. Se trata de cerebros muy fijados”.

Casos

El sujeto que consultó con Cedrés el año pasado está actualmente en tratamiento y ha evolucionado favorablemente. “Blanqueó” su problema con su esposa, quien lo entendió y hoy colabora en la terapia. “La contención familiar es fundamental en estos casos –dice–. Ella pudo entender que lo que le pasaba era involuntario y que no tenía nada que ver con que no la quisiera o no la deseara sexualmente”.

-¿Qué significa que haya tenido un desarrollo “favorable”?

-Cuando hizo la consulta, también me había contado que merodeaba por muchos colegios de su barrio a la hora de las salidas; que iba a un club, que no quiero nombrar, y allí permanecía horas mirando los partidos de voleibol de las niñas. Pero dejó de hacer todo eso y, lo más importante, logramos que nunca cometiera el delito sexual y eso es para mí es…–suspira, mira el techo, busca las palabras, vuelve la mirada y dice–: Todo un logro. Es que si incurría, tenía que denunciarlo. Pero imagínese su desafío: todos los días su hija llevándole a su casa a sus amigas, lidiando con el estímulo ahí adelante… Es como ser un alcohólico y trabajar en un bar”.

Esa es la dificultad que enfrentan casi todos sus pacientes, porque los pedófilos, por inclinación natural, suelen dedicarse a trabajar en profesiones relacionales. Tal es el caso de muchos técnicos de baby fútbol y profesores de gimnasia, entre otros.

“Le digo más –cuenta–, hace cuatro años recibí en mi consulta un paciente que era psicólogo infantil”. Tampoco había incurrido en delito, pero tenía unos comportamientos afectados que había descubierto su propia novia, cuando observaba cómo abrazaba a las alumnas del colegio donde trabajaba. “Y él, como psicólogo, tenía un sistema de mecanismos de negación. Racionalizaba su comportamiento: decía que tenía que ver con lo motivacional, con la unión grupal y que era importante trabajar desde ese lugar”. Y consultaron juntos.

El paciente, luego de un largo tratamiento, fue dado de alta. “Lo convencimos de que abandonara su profesión y que trabajara en otra área de la psicología”.

-¿Le ha pasado de encontrar a algunos de los que abandonaron la terapia siendo protagonistas de una crónica roja?

-Por suerte no. Pero tampoco les he hecho un seguimiento como para decirlo con seguridad.

-Si alguno de los pacientes que lo consultan, le confiesa haber cometido un delito, usted…

-Lo denuncio, obviamente. Pero no tenemos obligación de notificación directa por el solo hecho de que consulten. Y nunca, en mis 20 años de trabajo, he tenido la necesidad de acudir a la Justicia.

-Pero, corríjame usted, algunos de los pacientes que atendió seguramente consumía pornografía infantil…

-Ah, eso sí. Algunos se conectan con todo lo que circula, arriesgándose a ser capturados. Pero es que no pueden parar. Y además, en momentos de estrés profesional, aumentan el consumo y necesitan de la descarga parafílica para poder estar tranquilos. Es lo mismo que sucede con cualquier clase de adictos, que incrementan sus dosis cuando están bajo estrés. Lo único que resuelve la tensión del parafílico es la descarga sexual.

Causas y educación

La comunidad científica, en pleno siglo XXI, aún no ha determinado cuáles son los verdaderos desencadenantes de la pedofilia. O sea, por qué alguien se convierte en pedófilo. Sin embargo, hay teorías.

Algunos psiquiatras hablan de factores biológicos, explica Cedrés, y de una mayor vulnerabilidad genética en aquellos hombres que tuvieron algún trastorno hormonal en su etapa uterina. Otras perspectivas plantean la “relevancia del nivel sociobiológico”, determinando que el individuo podría haberse detenido en algún trauma particular de su infancia. Otras corrientes de tipo psicoanalíticas afirman que el paciente pedófilo quedó bloqueado en el desarrollo psicosexual a una edad temprana de su vida, y que por eso buscaría la relación con los niños.

Otras visiones, más conductuales, hablan de un espectro determinado del trastorno obsesivo-compulsivo, y que entonces el paciente retorna sin fin a una sexualidad inmadura. Luego, por supuesto, están los casos de pedofilia planteados desde el ángulo del niño que fue abusado y que reproduce luego el mismo comportamiento. “Es muy complejo y no hay, aún, nada definido”.

Pero dentro de un panorama incierto, hay algo seguro: “La pedofilia es muy frecuente y rodea a nuestros hijos todos los días”.

-Entonces, ¿qué debe hacerse?

-Hoy por hoy, a nuestro alcance, está la educación y advertencia que debemos hacer constantemente a los niños sobre el peligro de dar con adultos pedófilos. Y este trabajo debe hacerse tanto dentro de los hogares como en las instituciones. Y luego otra línea fundamental: evaluar a los propios funcionarios que buscan trabajar con menores, descubrir cuál es su interés real en abocarse a tratar con niños.

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