OBESIDAD: La más difícil de las adicciones

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Según la psicóloga Jeannette Hamui, la obesidad puede ser una adicción peor que el alcoholismo. Por experiencia propia señala que se padece un calvario.

Es difícil o casi imposible para el no obeso ponerse en el lugar de una persona con sobrepeso, y no hablamos de unos 5 o 10 kilos que no son nada, estamos hablando de 20 o 40 kilos para arriba, las personas que hemos convivido muchos años con esa realidad sabemos que lo de las dietas y la voluntad son puro cuento. Algo que le puede funcionar en algunos casos a los turistas ocasionales al país de los obesos.

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Del Libro: ALICIA EN EL PAIS DE LAS QUESADILLAS

Alicia se despertó en el hospital y lo primero que vio fue a una mujer, que no sólo le llamó la atención por su aspecto físico y las vendas que le rodeaban su enorme cuerpo, sino por su mirada. Era algo más profundo que la tristeza. Más repuesta, y una vez en casa, Alicia se miró al espejo. Además de los ojos hinchados y negros -producto de su accidente de tránsito- vio nuevamente a esa mujer. A ella misma. Comenzó a recordar lo que no le diría a nadie: por distraerse y comer unos chips, había provocado un choque que había dejado una niña en muletas que, según los médicos, se recuperaría, pero ¿y ella?.

 

Así comienza la pesadilla de una mujer obesa en Alicia en el país de las quesadillas (cuando comer ya no es placer), de Editorial Planeta, de la reconocida psicóloga clínica mexicana Jeannette Hamui Abadi. El libro recorre la vida de una joven contadora que maneja los números como nadie pero no logra controlar su adicción a la comida. No siempre fue gorda, bajó y subió de kilos toda su vida. Pero había llegado un momento en que nada la contenía: si estaba contenta, comía; si se encontraba angustiada, como la mayor parte del tiempo, se atiborraba hasta no poder más. El placer duraba un instante y volvía la tristeza, y nuevamente se encontraba frente a la heladera.

 

La autora de Alicia en el país de las quesadillas tuvo que vivir su propio calvario para llegar a narrar esta historia, que reúne tintes autobiográficos con experiencias de pacientes. Desde Ciudad de México, en entrevista telefónica, Jeannette Hamui Abadi, confiesa que la última vez que se pesó, en estado de obesidad, observó 102 kilos en la balanza. Y llegó a superarlos, en algún momento. Hoy, con 65 kilos, habla de una adicción, “como quien se encadena al alcohol o las drogas luchando contra un demonio tiránico y brutal en el fondo de un pozo sin salida”. Pero existe una puerta, señala, una vez que la persona es consciente de su adicción.

 

-¿Cuándo comer ya no es un placer? 

 

-Cuando tu vida gira en relación a la comida. Mientras uno come experimenta placer, se tenga o no el problema. Pero en muchos casos, ingerir e ingerir tapa otros problemas. En el momento que se deja de comer, por ejemplo, vuelve la depresión, una mala relación en la vida o la situación que se trate. Ese placer se transforma en un círculo demoníaco: cada vez se necesita más y más comida.

 

-¿Cómo se da cuenta uno que es adicto? 

 

-Cuando la comida se transforma en una obsesión. Comienzas a pensar que como estás contenta y vas a una fiesta, tenés que comer. Como te encuentras triste, nada mejor que un buen pedazo de pastel. Constantemente estás pensando en eso. Aquí en México, tenemos graves problemas de inseguridad pública. Sin embargo, tuve pacientes que llegaron a salir a las tres de la madrugada a buscar algo, pese al peligro. Es una obsesión, muy similar a lo que ocurre con el alcoholismo y la drogadicción.

 

-¿Todos los obesos son adictos o existen otras causas?

 

-Existen causas médicas, trastornos del metabolismo, que tienen que verse con especialistas. Pero la mayoría de los casos combinan problemas físicos con psicológicos. Es multifactorial. Muchas veces la obesidad se trata atacando la depresión. Se enfrenta un problema y se resuelve otro.

 

EXPERIENCIA. La psicóloga mexicana comenzó a escribir hace muchísimos años, antes que resolviera su propia adicción por la comida, como una suerte de catarsis sobre lo que le estaba sucediendo. “Se fue haciendo solo, con mi experiencia, y con la de mis pacientes. Creo que fui psicóloga clínica para buscar una solución a mi problema. Se unió mi necesidad con la carrera”, cuenta.

 

-Comienza el libro con una situación muy traumática. ¿Por qué? 

 

-Tenía cosas escritas desde hace muchos años. Un día llegó una paciente que me contó un accidente de tránsito. Chocó por comer unas papas. Ahí -hace más de dos años- comencé a escribir Alicia en el país…

 

-¿Es difícil darse cuenta que se tiene esa adicción? 

 

-Muy difícil y doloroso, uno se niega. Yo estudié profundamente el alcoholismo y la drogadicción, y me daba cuenta que era lo que me pasaba. Sin embargo, iba a mi terapeuta y le contaba que sentía lo mismo que un alcohólico y ella me decía: no, no es lo mismo, simplemente dejá de comer. Hasta que, en mis tantas búsquedas, consulté con una doctora que me corroboró lo que yo sentía. Era una adicción. Pero cuesta muchísimo aceptarlo. Uno siempre piensa, y hasta escucha: `si con una dieta ya te compones, ya está`. Sin embargo, se pasa años recorriendo y recorriendo médicos, bajando y subiendo de peso. Es una enfermedad curable, pero progresiva y puede ser mortal.

 

Cuándo es una adicción, ¿de dónde proviene la enfermedad? 

 

-Es bien feo lo que voy a decir pero todos los humanos tenemos neurosis. Pero el gordo tiene esa neurosis hacia fuera y se le nota. Además, tengo que aclarar que el gordo es rechazado, discriminado, burlado. Se sufre mucho en un mundo que no acepta la obesidad.

 

¿Siempre es necesario una terapia psicológica en esos casos? 

 

-Sí, 100% necesaria. No creo que la obesidad, el alcoholismo o la drogadicción puedan controlarse únicamente con abstinencia. Además, la adicción a la comida es algo muy primario, dificilísimo de contener, más aún que el alcoholismo o el tabaquismo. En México, con la influencia de la comida chatarra, desgraciadamente nos encontramos en el primer lugar en obesidad infantil. El gobierno, ahora, está tomando cartas en el asunto ya que de dos años a esta parte vio que le está siendo carísimo todas las consecuencias de la obesidad.

 

-Su libro sugiere que no existe solución mágicas pero es esperanzador. ¿Por qué lo hizo en género novela? 

 

-En primer lugar está la negación, nadie que la padezca quiere hablar de gordura. Busqué, a través del libro, que la gente se identificara, sin resultar agresiva. No quise hacer algo teórico ya que los gordos están cansados que le digan hacé esto o lo otro. Una amiga, del grupo Comedores Compulsivos, se tomó un taxi no hace mucho. El taxista se le puso a decir que le iba a dar el nombre de un médico con el que había hecho una dieta. Mi amiga lloraba. Con el libro, por mails y llamados que recibí desde México y Estados Unidos, se identifican y acuden a pedirme ayuda. `Tengo lo mismo, ayúdeme”, me dicen. Quería lograr eso: que la gente se reconociera y tomara la responsabilidad del problema, sin sentirse culpable de su enfermedad porque no lo es. También es una tirada hacia los médicos porque aquellos que no vivieron la experiencia no pueden ponerse en el lugar del paciente.

 

-¿Qué cosas prácticas le sirvieron a usted en lo personal? 

 

-Dejar la balanza fue un primer paso. La doctora me dejaba pesar cada tres meses. Escribir todo lo que me sucedía también me liberó. Hoy, con 65 kilos, estoy en paz. Pero debe tenerse cuidado porque esto es para siempre, puede haber recaídas. Cuesta mucho hacerlo, fundamentalmente cuando te conectas con lo profundo de tu psique. Hay gente que abandona y dice: `voy a hacer una dieta, tomar una pastillita que me quita el hambre y ya`. Pero te quita todo, la vida también. Lo importante es hacerte responsable de lo que tienes. Es como el diabético; he visto algunos comer chocolate y luego toman la píldora. No es así. Pero hay otras personas que responden muy bien. A mí me decían que algún día iba a dar gracias a esta enfermedad y yo pensaba que estaban mal de la cabeza, que nadie podía agradecer la obesidad. Todavía no sé si puedo decir gracias pero si ayudé a mucha gente de México y también a lo lejos, a través de Internet.

 

 

 

http://www.elpais.com.uy/suple/ds/10/09/12/sds_514400.asp

 

 

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