La fuerza de la naturaleza – post de Enrique Da Rosa

La fuerza de la naturaleza – post de Enrique Da Rosa

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Compartimos este post de Enrique Da Rosa
testimonio de la tormenta que experimentamos en frontera

6/10/2015

Ayer inicié a León (mi hijo menor) en la única ceremonia espiritual que soy confeso, la admiración a la naturaleza. Ya lo había hecho con Brisa en elCentro y con Bianca en el Bisio, a León le tocó en el Ferrocarril. Pero cuando yo descubrí esa pasión por la fuerza de la naturaleza me tocó vivirlo en el mejor lugar, en el barrio Ansina en la mitad del ascenso da Cuyia du Fogo.

Allí mi panorámica era 70 por ciento cielo y el otro 30 por ciento era la ciudad toda boca arriba mirando el cielo. Quiero creer que fue en algún temporal de Santa Rosa, lo que sí recuerdo es que había corte de luz, de energía eléctrica y de luz, porque era de noche, y eran mucho mejores los cortes de noche. Y más aún cuando en el cielo una enorme tormenta eléctrica te sirve de lámpara y con cada destello te ilumina hasta el pensamiento. Los perros corrían a esconderse de las explosiones en el cielo y del chaparrón frio en sus espaldas. Algún piquines retobado, como buen petiso, salía a hacerle frente a la tormenta y ladrarle.
Teníamos que entrar las plantas porque el viento las tiraba, mi padre tenía que poner un pedazo de chapa de zinc y una tabla en la puerta del fondo para que el agua no entrara por la puerta del fondo ya que todo el terreno estaba en desnivel, era el costo de vivir en lo alto. Asegurar las ventanas más flojas con algún alambre. Tener a mano las velas y los fósforos, la radio a pilas, las cartas, hojas y lápices para entretenernos. Y una curiosidad deliciosa de mi madre, diccionarios a mano. A mi madre le gustaba jugar a buscar en el diccionario palabras raras, de esas que solo existen por antojo de algún académico y leer su significado, y desde ese día comenzábamos a utilizarlas en la vida diaria. Por lo cual los ricos postres de maicena pasaron a ser deliciosos, deleitosos, primorosos, exquisitos.


Y de pronto, antes que todo estuviera listo comenzaba el espectáculo.


Lo que para muchos podrá ser espantoso para mí era el súmmum de la belleza, truenos que sacudían el cerro, relámpagos que te enceguecían por algunos segundos, golpes de viento que torcían los árboles y mucha agua. A cada trueno se escuchaba el grito de alguna vieja del barrio, yo recordaba a mi enorme y valiente abuela paterna años atrás cortando la tormenta con un hacha como Thor dominando el relámpago. Su rostro de innegable herencia indígena se iluminaba con los relámpagos y ya mojado por las primeras gotas oraba mientras sus brazos gruesos alzaban el hacha. El hacha zumbaba en el patio y se escuchaba “en el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo”.


Cuando la tormenta viene con mucho trueno de antemano y hay pocas nubes pesadas en el cielo posiblemente sea pasajera, eso digo yo en mis años de admiración. Un vecino viendo que mi madre corría guardando cosas para que no volaran gritaba desde la calle: Naum se priocupe doña Bea, é só bushinshe, cachorro que late nao morde. Y yo le daba la razón.


Allí estaba yo con 6 años quizás como estuve ayer con 38 parado en la puerta de mi casa admirando la existencia de una fuerza tan pero tan grande que nuestra existencia se encoge y junto con ella nuestras construcciones filosóficas más grandes, que son las obras que importan, mucho más que las materiales. En mi cabeza ayer y hoy ocurre como una fuga en el tiempo y en el espacio cuando miro el cielo oscuro atemorizante diseñando hermosos cuadros impresionistas con los blancos relámpagos. Como le sucedió al primer homínido con el fuego y pasa hasta hoy, que nos atrapa por la vista hasta tocarnos muy adentro un interruptor que existe en la base misma de nuestro adn, el poder acongojarnos de nuestra pequeñez ante eso tan superior y sentirnos seguros ante el peligro. Yo nunca dudé que las tormentas fueran peligrosas y traían mucho dolor a muchos, pero hay en ellas un atractivo único.


Supe llenar de ollas mi casa de infancia dándole batalla a las goteras, tuve que ayudar a desalojar familias en La Racca, en el Lavalleja y en el Bisio en la orilla del Cuñapirú. Vi mucha gente llorar al perder todo, muebles, ropa, electrodomésticos. Vi un enorme horno de ladrillos pronto para venderse desarmarse en la corriente de un arroyo hambriento en su crecida, y vi al ladrillero llorar como un niño. Claro que conozco el destrozo, más aún en una ciudad donde toda su topografía está inclinada hacia el cauce del Cuñapirú y donde nunca ha sido prioridad de gobierno alguno resolver definitivamente las pluviales.
Pero, justamente porque conozco también ese lado de catástrofe de las tormentas, es que genera en mí ese respeto similar al que los creyentes sienten por sus creaciones religiosas.
Los ojos de Brisa y Bianca antes, y los de León ayer no cabían en sus órbitas al ver tan pequeños tantas luces, sus oídos tanto estruendo, su piel tanta agua. Yo sentí sus corazones galopando en sus pechos de emoción por el descubrimiento, no lloraron, quedaban impactados por el aire en la cara y por las formas largas que los rayos dibujaban en las cuchillas.


Yo le reclamaba a mi madre tortas fritas y ella me decía que no, que tortas fritas eran para la lluvia y no para tormentas, decisión gastronómica que nunca compartí. Mirando por las rendijas de las ventanas de madera de mi casa de infancia imaginaba a héroes fantásticos volando por encima de las nubes y lanzando desde sus lanzas rayos mortales a sus enemigos.


Pero ya cuando reinaba solo el ruido de las gotas en las chapas de zinc y los truenos sonaban muy lejos mi imaginación me llevaba, y debo confesar me sigue llevando, a un estado casi intrauterino de seguridad del descanso. De sentirme parte de ese ruido, de esas gotas, de esos truenos, donde no hay límite entre mi materia y la de ellos, donde la materia es una invención a base de una sumatoria de sensaciones. Y hasta los marxistas podemos creer en el espíritu. Y así tranquilo con mi ayer y con mi hoy, con mis deslices espirituales y haciendo las paces con mis construcciones ideológicas me duermo.

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